Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 28 de enero de 2014

Carta al adolescente encabronado

Hay algo en ti que hasta donde sé te acompañará en tu vida: piensas demasiado. Igual deberías intentar no hacerlo, aunque sólo sea porque con el tiempo muchas de las conclusiones a las que estás llegando te parecerán extremadamente ridículas. Otras no.
Deja de preocuparte tanto por ser el primero de la clase; tu capacidad intelectual vale más que eso. Sé que muchas veces crees que eres estúpido por no haber sacado mejor nota que alguien -de hecho, aún a día de hoy lo crees a veces-, pero la verdad es que la gente, por regla general, cree que eres inteligente (y tú también, claro; los días en que caminas de vuelta a tu casa en primavera con la satisfacción de ser un hacha en los estudios).
Saques la nota que saques, la verdad es que lo estás haciendo bastante bien. No dejes que tu abuelo te convenza de lo contrario (aunque debes escucharle en prácticamente todo lo demás, y te sorprenderá lo dolorosamente acertado que es la mayoría de veces).
Tampoco te preocupes demasiado por las chicas. Sin duda no por esa chica: encontrarás a alguien mejor. De hecho, encontrarás a muchos álguienes mejores; sé que sueñas con eso cuando ves a una chica mona por la calle -las deseas a todas y a cada una de ellas, y crees que estarán siempre bastante más allá de tu liga, pero en eso también te equivocas. En general, deberías dejar de confundir tu falta de seguridad en ti mismo con la falsa modestia, y vice versa; intenta no mitificar la melancolía ni endiosar a aquellos escritores tan tristes y famosos, porque son sencillamente unos pobres desgraciados. Tú deberías aspirar a más. También deberías intentar no perder el contacto con tu madre.
Respeta más a tus profesores de Educación Física; en el futuro la echarás a faltar. De hecho, te convendría encontrar un deporte que te guste practicar, de manera que en el futuro no te falte el aire cuando corres quince metros. Just sayin'.

Finalmente, no te escudes en las heridas recibidas para hacer daño a otra gente (o a ti mismo); esto es algo que no podrás evitar, pero es de lo único de lo que realmente te arrepentirás. Recuerda que siempre puedes pedir perdón.

domingo, 26 de enero de 2014

Victoria, o la fuerza del sino

Victoria come de manera silenciosa y delicada; a su lado, cualquiera diría que Jack ha sido escupido por la Bahía. Pero no es que nadie se fije en ellos. Están sentados en la barra de un local de fideos, comiendo dando la espalda al bullicio de la calle. Durante un rato ninguno dice nada; el incidente con el señor redactor jefe ha quedado relegado a un segundo plano. Con Victoria hay que seguir ciertos rituales.
Uno de ellos es el de comer en silencio. Para ella, comer hablando desvirtuaría tanto el sabor de la comida como la conversación, le había explicado una de las primeras veces que habían comido juntos y él había hecho tímidos intentos de iniciar un diálogo. A su alrededor, todos los que la conocían ya estaban al tanto de su manera de ver los actos del mundo, de su obsesión por no dejar escapar el presente tras los espejos de abstracción de su mente.
Jack -que había dado por perdido todo intento de vivir su vida como un seguido lineal de acontecimientos- la observaba mientras comía, esforzándose por degustar la comida. De alguna manera sentía lástima por ella -frustrada porque cada bocado se parecía exasperantemente al anterior y la sensación se diluía-, al menos hasta que empezaba a sentir lástima por sí mismo. Tampoco podía entender cómo alguien podía empeñarse en intentar disfrutar esos fideos, de todas maneras; para él, comérselos tiene más relación con cubrir una necesidad biológica que con una contemplación estética de la vida.
Una vez finalizada la comida, pues, podían mantenerse las conversaciones pertinentes. Pero Jack no había acabado; seguía sin ser tan diestro como Victoria en el manejo de los palillos y, aunque en menor medida cuando estaba con ella -pues se sentía obligado a centrarse en su tarea casi con vergüenza-, su cabeza normalmente vagaba errabunda entre este mundo y el de las ideas, dividida entre ambas lealtades.
- El otro día tuve un sueño extraño -antes de que Jack le hiciese notar que estaba siendo incoherente con sus propios preceptos, continuó-. Soñé que era capaz de saber exactamente qué me iba a pasar en esta vida, pero no sabía cómo iba a reaccionar ante lo que aconteciese. De manera que, por ejemplo, iba a saber que en tal momento de mi vida me iba a dejar mi novio, pero no sería capaz de saber si eso iba a ser liberador o terriblemente deprimente.
- ¿Y no podías saberlo por el contexto o por, er, los acontecimientos posteriores?
- Supongo que sí, pero no podía en ese momento. El caso es que en mi sueño me veía en una vagoneta de montaña rusa, siendo impulsada hacia delante irremediablemente, pasando por túneles y figuras dibujadas a lápiz, que se coloreaban y adquirían definición a mi paso; eran las situaciones en las que me veía envuelta, y por sus colores alcanzaba a adivinar qué suscitaban en mí.
>> De pronto, a lo lejos, pude alcanzar a ver una enorme mole dibujándose a lápiz, como una montaña, en el interior de la cual desaparecía el camino. Y supe con certeza que iba a morir; y que tú ibas a ser mi verdugo. Sin embargo, los colores eran cada vez más apacibles a mi paso, a medida que me acercaba a la montaña, así que pensé que, por muy cerca que estuviese el final, siempre existía la posibilidad de que fuese un final dichoso. Porque no podía aventurarme a saber cómo iba a reaccionar ante eso; ni por qué querrías matarme. Pero entonces desperté y no recuerdo más.
Se hizo el silencio, y los fideos de Jack se estaban enfriando; no parecía que se los fuese a acabar, de todas formas.
- El tema del destino es una idea recurrente en la mitología griega y en gran parte de la literatura europea; muchas veces los afectados cumplían con él por casualidad mientras intentaban escapar del sino. Pero lo que perdura no es sino la cáscara vacía de nuestros propios designios, y los sueños y la literatura tienen en común su grado de fiabilidad; es decir, ninguno.
- Pero en mi sueño tú me matabas.
- Podría no haberlo hecho, y eso significaría igual de poco; no pienses en eso, Victoria, y vámonos. El señor Ngai nos espera. Creo que quiere que... que... -y aquí se encontró con su propia mole de lápiz, en su caso dibujada encima de los diez minutos que el señor Ngai había estado chillándole mientras él miraba por la ventana hacia la ciudad.   

martes, 21 de enero de 2014

En Hong Kong también llueve

Un año más tarde había dado con sus huesos en Hong Kong. La habitación en que se hospedaba era ridículamente pequeña, pero tenía baño propio, donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Le gustaba el olor a humedad que desprendía el recubrimiento de papel con dibujos florales; se sentaba en el retrete y cerraba los ojos con la cabeza apoyada en la pared. A veces pensaba, a veces no. Los recuerdos de su último año devenían borrosos en el vapor de cada baño caliente, pero cuando estaba apoyado de esa manera se sorprendía a menudo pensando en ellos de manera insistente e insana. Aunque no había nada que hacer ahora, su mente parecía rebelarse y encontrar escapatorias irrealizables, condicionales cuyas hipótesis no se cumplirían nunca.
Jack estaba de vacaciones. Siempre le habían seducido las personas que huyen: construir una vida nueva desde cero era algo que le fascinaba y le atraía; la gente así siempre se había asemejado en su cabeza a Eneas huyendo de Troya y poniendo el primer grano de arena de una duna -él piensa en las cosas de este mundo como en dunas sometidas a los caprichos del viento, a la barbarie del simún. Pero por mucho que lo piensa no encuentra ningún rastro de épica en su situación: una habitación minúscula en medio de siete millones de almas apiñados en poco más de mil kilómetros cuadrados.
Por supuesto son sólo números, pero ahí quedan.

Poco después de su llegada había conseguido trabajo en un periódico para la comunidad británica de la ciudad. Sus compañeros tienen nombre inglés y un acento cuidado; la mayoría son cantoneses de nacionalidad británica. Se hace amigo de una chica llamada Victoria, que es la única que parece comprender que él prefiere el café al té; ella también lo hace. El redactor jefe del periódico es un independentista insurrecto que habla pestes de la cesión a China de la ciudad. Cuando alguien le pregunta por qué está afiliado al Partido se encoge de hombros y responde que eso es lo mejor para todos. Y Jack sabe que no miente.
No tardó mucho en percatarse de que no era el único que huía. Vista desde lejos, esa ridícula oficina editorial, con ventiladores de pie y luz amarilla zumbando entre los crujidos del suelo de madera, se parecía a la balsa de la Medusa en todo salvo en dramatismo y en perspectivas de salvación. El redactor jefe -el señor Ngai- llegaba cada mañana de Dios sabía dónde vistiendo sus bermudas caqui y su camisa blanca de manga corta, con los cuatro primeros botones desabrochados, y se quedaba allí hasta la madrugada, cuando la edición del día siguiente estaba completa y todo el trabajo estaba hecho. Los días en que apretaba más a sus empleados solían coincidir con los días en que se llevaba bien con su mujer -y por ende quería llegar pronto a casa-, por lo que todos acabaron coincidiendo en que lo mejor era mantener su matrimonio en un punto intermedio entre la separación y la felicidad, de manera que nunca tuviese mucha prisa por volver a casa -pero que tuviese una casa a la que volver. A Jack le costó comprender que, lejos de ser una broma, allí todos se tomaban en serio el estado de ánimo del señor Ngai, cuyos cambios de humor podían ser -e indefectiblemente eran- interpretados de manera poco rigurosa -algunos dirían que arbitraria-, y podían desencadenar reconciliaciones sonadas o manchas de carmín en la camisa.
Hay que decir aquí que el señor Ngai, lejos de ser una marioneta de sus empleados, muchas veces se benefició de su exhaustiva vigilancia en los momentos en que su matrimonio estaba a punto de descarrilar sin remedio aparente, como veremos más adelante. Por el momento, la historia se sitúa en una mañana de julio en que el señor Ngai apareció inusualmente tarde, con el semblante oscurecido por lo que cualquiera podría confundir con una nube de mal humor y tempestad.
- Jack, mueve tu culo escuálido a mi despacho.
El culo escuálido de Jack se movió. El despacho del redactor jefe estaba situado tras un tabique de papel grueso y semitranslúcido por las manchas de grasa; no contaba con más que una silla y un escritorio, por lo que Jack tuvo que mantenerse en pie durante los aproximadamente diez minutos que duró su entrevista. Eso estaba bien; en esa posición, podía desplazar su centro de gravedad de manera más o menos sutil, dependiendo o no de la necesidad de escapar de las gotas de saliva que el huracán Ngai hacía llover en su dirección. “En Hong Kong también llueve”, pensó Jack sin mucho sentido, ya que, debido a su posición geográfica, en Hong Kong llovía y mucho.
Una vez hubo acabado la entrevista, Victoria le apartó y le dijo que le invitaría a comer algo barato en el puesto de fideos de la misma calle. Como faltaba relativamente poco para el descanso del almuerzo, ambos decidieron tomarse media hora libre de más, y bajaron apresuradamente -antes de que el señor Ngai los viese-, y desaparecieron entre el humo de los coches y las gotas de una llovizna que se convirtió en tormenta de verano muy rápido -tanto, de hecho, que Jack olvidó por completo lo que le había dicho su superior apenas veinte minutos antes.