Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 21 de enero de 2014

En Hong Kong también llueve

Un año más tarde había dado con sus huesos en Hong Kong. La habitación en que se hospedaba era ridículamente pequeña, pero tenía baño propio, donde pasaba la mayor parte del tiempo.
Le gustaba el olor a humedad que desprendía el recubrimiento de papel con dibujos florales; se sentaba en el retrete y cerraba los ojos con la cabeza apoyada en la pared. A veces pensaba, a veces no. Los recuerdos de su último año devenían borrosos en el vapor de cada baño caliente, pero cuando estaba apoyado de esa manera se sorprendía a menudo pensando en ellos de manera insistente e insana. Aunque no había nada que hacer ahora, su mente parecía rebelarse y encontrar escapatorias irrealizables, condicionales cuyas hipótesis no se cumplirían nunca.
Jack estaba de vacaciones. Siempre le habían seducido las personas que huyen: construir una vida nueva desde cero era algo que le fascinaba y le atraía; la gente así siempre se había asemejado en su cabeza a Eneas huyendo de Troya y poniendo el primer grano de arena de una duna -él piensa en las cosas de este mundo como en dunas sometidas a los caprichos del viento, a la barbarie del simún. Pero por mucho que lo piensa no encuentra ningún rastro de épica en su situación: una habitación minúscula en medio de siete millones de almas apiñados en poco más de mil kilómetros cuadrados.
Por supuesto son sólo números, pero ahí quedan.

Poco después de su llegada había conseguido trabajo en un periódico para la comunidad británica de la ciudad. Sus compañeros tienen nombre inglés y un acento cuidado; la mayoría son cantoneses de nacionalidad británica. Se hace amigo de una chica llamada Victoria, que es la única que parece comprender que él prefiere el café al té; ella también lo hace. El redactor jefe del periódico es un independentista insurrecto que habla pestes de la cesión a China de la ciudad. Cuando alguien le pregunta por qué está afiliado al Partido se encoge de hombros y responde que eso es lo mejor para todos. Y Jack sabe que no miente.
No tardó mucho en percatarse de que no era el único que huía. Vista desde lejos, esa ridícula oficina editorial, con ventiladores de pie y luz amarilla zumbando entre los crujidos del suelo de madera, se parecía a la balsa de la Medusa en todo salvo en dramatismo y en perspectivas de salvación. El redactor jefe -el señor Ngai- llegaba cada mañana de Dios sabía dónde vistiendo sus bermudas caqui y su camisa blanca de manga corta, con los cuatro primeros botones desabrochados, y se quedaba allí hasta la madrugada, cuando la edición del día siguiente estaba completa y todo el trabajo estaba hecho. Los días en que apretaba más a sus empleados solían coincidir con los días en que se llevaba bien con su mujer -y por ende quería llegar pronto a casa-, por lo que todos acabaron coincidiendo en que lo mejor era mantener su matrimonio en un punto intermedio entre la separación y la felicidad, de manera que nunca tuviese mucha prisa por volver a casa -pero que tuviese una casa a la que volver. A Jack le costó comprender que, lejos de ser una broma, allí todos se tomaban en serio el estado de ánimo del señor Ngai, cuyos cambios de humor podían ser -e indefectiblemente eran- interpretados de manera poco rigurosa -algunos dirían que arbitraria-, y podían desencadenar reconciliaciones sonadas o manchas de carmín en la camisa.
Hay que decir aquí que el señor Ngai, lejos de ser una marioneta de sus empleados, muchas veces se benefició de su exhaustiva vigilancia en los momentos en que su matrimonio estaba a punto de descarrilar sin remedio aparente, como veremos más adelante. Por el momento, la historia se sitúa en una mañana de julio en que el señor Ngai apareció inusualmente tarde, con el semblante oscurecido por lo que cualquiera podría confundir con una nube de mal humor y tempestad.
- Jack, mueve tu culo escuálido a mi despacho.
El culo escuálido de Jack se movió. El despacho del redactor jefe estaba situado tras un tabique de papel grueso y semitranslúcido por las manchas de grasa; no contaba con más que una silla y un escritorio, por lo que Jack tuvo que mantenerse en pie durante los aproximadamente diez minutos que duró su entrevista. Eso estaba bien; en esa posición, podía desplazar su centro de gravedad de manera más o menos sutil, dependiendo o no de la necesidad de escapar de las gotas de saliva que el huracán Ngai hacía llover en su dirección. “En Hong Kong también llueve”, pensó Jack sin mucho sentido, ya que, debido a su posición geográfica, en Hong Kong llovía y mucho.
Una vez hubo acabado la entrevista, Victoria le apartó y le dijo que le invitaría a comer algo barato en el puesto de fideos de la misma calle. Como faltaba relativamente poco para el descanso del almuerzo, ambos decidieron tomarse media hora libre de más, y bajaron apresuradamente -antes de que el señor Ngai los viese-, y desaparecieron entre el humo de los coches y las gotas de una llovizna que se convirtió en tormenta de verano muy rápido -tanto, de hecho, que Jack olvidó por completo lo que le había dicho su superior apenas veinte minutos antes.

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