Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 5 de febrero de 2014

Dormir

Para Rocío,
porque estaba asustada

Dormir. Una relación de prelapsos, postlapsos y simples lapsos en la respiración, un vaivén constante del pecho y una expresión facial vacía de todo contenido. Miento: no está vacía de todo contenido, pero sí está desprovista de toda falsedad -hasta los empresarios parecen humanos cuando cierran los ojos y se abandonan al vendedor de arena.
Dormir; dormir es importante. En todo lo que llevamos de evolución, el proceso ha sido básicamente el mismo: te tumbas paralelamente al suelo, cierras los ojos, con más o menos sueño, y en un tiempo comienzas a hilvanar pensamientos cada vez más absurdos, que se entrelazan y ascienden en la escala del dadaísmo hasta el portal del sueño.
Rocío está tumbada paralela al suelo, tiene los ojos cerrados, su (hermoso) pecho sube y baja tranquilamente y, sin embargo, no duerme. No podría aunque lo intentase, pero sabe que no debe hacerlo. Está ahí siendo objeto de examen médico, en un sótano de un viejo hospital semi abandonado. Oh, por supuesto que es un procedimiento rutinario: nada de monstruos, OVNIS o películas de terror barato, sino un simple análisis de su salud -nada más tranquilizador, ¿no?
No.
Rocío no está tranquila, aunque intenta repetirse una y otra vez que está bien, que no hay nada de preocupante en ello y que es normal que esté algo asustada. El sonido de la resonancia llena el ambiente y hace que piense en la inmensidad silenciosa del espacio exterior, un mantel negro moteado de manchas de salsa carbonara luminosas que en realidad son gigantes de dimensiones que su cerebro no está preparado para comprender a distancias que no puede imaginar. Se retrotrae a ese rinconcito de su alma donde reina la paz y la serenidad, donde las cosas son armónicas y los cuerpos sufren un vaivén simétrico, como la respiración de quien duerme tranquilo.
Pero el sonido de la resonancia es más fuerte, su respiración no es simétrica y se entrecorta, y nada más fácil que imaginar en el espacio tranquilo un espejo de la propia insignificancia, o terrores oscuros de colores vivos que probablemente no podría describir, escondidos en ecuaciones sobrias y elegantes cuya complejidad refleja cuán poco sabemos realmente del tema.
Rocío intenta zafarse de esos pensamientos, corre alocadamente por el bosque de espinos en que se ha convertido su rincón de paz y cruza varios jardines antaño verdes y floridos que se desaturan a su paso. Quiere escapar de la negrura definitiva, de la desesperación humana ante la inmensidad, de las enumeraciones de un autor aburrido y poco inspirado. Cruza puentes hechos de dudas sobre ríos y océanos de incomprensión, conoce a extraños de todas las culturas, colores y tamaños; escribe versos sentada en la orilla de una playa y alza la vista para ver el sol ponerse, y entonces se da cuenta de lo que es obvio para los señores doctores que hurgan en su actividad cerebral.
Se ha dormido, y vuelve a respirar tranquilamente.

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