Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 19 de marzo de 2014

I V v3.0

Irja Virtanen era una persona con la cabeza llena de cosas. Irja Virtanen vivía con la mente tan ocupada que a veces no podía evitar, al acostarse, quedarse inconsciente en lugar de dormirse. Irja Virtanen era una mujer llena de teorías, y a veces las compartía.
Irja Virtanen no creía en el cambio. Irja Virtanen, de haber sido algo más optimista, posiblemente hubiera hablado del término “reinventar”. Dado que Irja Virtanen tenía los pies firmemente asentados en estas arenas movedizas que llamamos mundo, decía que la gente moría y resucitaba constantemente. Nada que ver con las teorías orientales sobre la reencarnación; ni una palabra sobre el Nirvana. Irja creía que cuando alguien dejaba de caerte bien, empezaba a resultar insoportable o cualquier cosa similar, es porque había muerto. Imaginemos un primer amor cualquiera. Sexo primerizo, puestas de sol y escaladas a lo alto del palo mayor en mitad de una borrasca. La clase de situaciones que unen a las personas y prácticamente las obligan a que signifiquen algo las unas para las otras. Después, la muerte. Aquél que escaló el Aconcagua contigo ya no es quien creías que era. Aquella señorita que se sentó a tu lado cuando se estrelló el avión ya no despierta más tu interés. Aquél primer polvo y tantos otros más que ahora se ha ido en busca experiencias exóticas. A Irja no le importaba ya, porque, según ella, su primer amor había muerto. Todavía existía alguien con su rostro, tentándola a dudar sobre su longevidad; pero unos rasgos no eran suficientes para engañar a Irja. Ella sabía muy bien con quién se había acostado. Y esa persona no coincidía con la que ahora misma ocupaba su cuerpo. Así que le daba absolutamente igual cuántas se hubiera follado ahora –Irja podía ser increíblemente directa a pesar de su finlandiedad-, porque, mientras se definió por la Irjidad que acompasaba su vida, nunca tuvo ojos para otra mujer que no fuera la Finlandesa.
Irja era considerada una persona extraña. Si bien podía hablar de su primer amor, luego tenía que reconocer que jamás había escalado el Aconcagua. Ni siquiera algún otro monte próximo a los 7.000 metros de altura. Le gustaba bastante el mar, así como las películas de piratas, e incluso podía engañar a algún inocente usando una gran variedad de vocabulario técnico mezclado aleatoriamente. ¡Vigilad con el trinquete! ¡Mira, a dos cuartas por estribor! Y, cómo no, ¡arriad la vela mayor! A pesar de todo esto, también existían cosas que la desagradaban.
Irja Virtanen no podía soportar los indeseables que grababan cintas de cassette dedicadas a las amas de casa cincuentonas que se sentían perdidas en estas arenas movedizas. “Le ayudaremos a encontrar su alma, no se preocupe”. “Si algo le molesta en demasía, sólo tiene que imaginarse que no existe y entonces se va”. Irja se los imaginaba, personajes raquíticos, afónicos a causa de forzar la voz con la intención de parecer más solemnes. Muertos de hambre, acuclillados en sus estudios mirándose entre ellos con ojos saltones, desconfiados y huraños, temerosos de que les arrebataran por conquista el bocadillo que con tanto esmero se habían preparado para almorzar.
Irja tenía muchísimas cosas en la cabeza, y estas sólo eran unas pocas de ellas. Amor, aventura, producción, disgustos. Lo que todo el mundo –más o menos- atesora en su mente, sólo que su cerebro llamaba la atención. La personalidad de Irja era atractiva. Estaba buena. Se trataba de la clase de persona con tan poca aptitud para liderar que la seguirías a los infiernos sin darte cuenta. Era el tipo de mujer que te encontrabas en el ascensor y apenas cruzada una mirada ya sabías la clase de guarradas que querías hacerle. Irja era un cuadro: la mujer mirando por la ventana de Dalí. Sólo la veías de espalda y sentías la inenarrable necesidad de darle la vuelta y preguntarle por qué miraba hacia fuera con tanto ahínco.
Irja era intensa. Lo que quiere decir, justamente, no que Irja fuera ella misma intensa, sino que actuaba a modo de catalizador. Apenas entraba en tu radio de vista ya sentías la necesidad de componer una sinfonía o de convertirte en recordman de salto de altura. La sangre de tu cuerpo empezaba a pensar en Kelvin y el latón del pomo de la puerta se fundía apenas rozarlo. Porque salías de tu casa como si hoy fuera el Día y ni siquiera sabías que se suponía que iba a ocurrir.
Irja Virtanen, de haber sido creyente, habría sido el mejor profeta y predicador que ninguna iglesia hubiera podido encontrar nunca. La convicción con la que hablaba era tan tierna que parecía que pudiera abrir las aguas. La tenacidad con la que se desenvolvía resultaba tan natural que podías creer que ella misma estuviera esculpida en diamante; y lo creías, porque sin duda se trataba de una pieza de joyería.
Para algunos, Irja Virtanen era simplemente la vecina del segundo primero. La profesora de lengua extranjera. La hija de su señora madre. La estúpida que no les había dejado sentarse en el metro. Para otros, Irja era esas piernas desnudas que colgaban desde lo más alto de un rascacielos en Tokyo. Esa parte, inexistente en la práctica, a la que llamamos escote y que se formó debido a la insistencia de un cuello de pico. Esa melena niagarense cayendo en un murmullo sobre un culito respingón.
Para miles de personas, Irja sólo fue un instante. Un trozo de carne, un nombre más en una lista, un cigarrillo listo para desechar o una uña a punto de ser mordida. Aunque, si hablamos de todos esos miles de personas que nunca vieron en Irja el aura que claramente la rodeada, debemos decir que tenían algo en común; y es que, contrarios a mi propia experiencia, ellos nunca pudieron escalar el Aconcagua con una finlandesa ni mucho menos decir que encontraron su primer amor en el puesto de vigía de un galeón corsario a más de siete mil metros de altura.
Irja Virtanen sabía que ella misma había muerto y resucitado varias veces; y ella misma se encargaba de sentarse todas las mañanas frente al espejo y decirse a la cara, sin miramientos, lo que ella misma era.

Irja Virtanen moría cada noche y se levantaba cada mañana, sobresaltada, cuando el teniente de guardia pitaba a zafarrancho de combate.

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