Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

martes, 11 de marzo de 2014

Irja significa paz.

Irja Virtanen vivía en Vanta, en la provincia de Uusimaa, Finlandia. Uusimaa significa en la lengua suomi “nueva tierra”, pero, para Irja, se trataba de un lugar bastante viejo. Por el otro lado, Irja es el diminutivo de Irina, derivación nórdica de lo que nosotros llamamos Irene, que provine casi tal cual del latín: paz. Y, efectivamente, Irja era pura paz.
Hay cierta tendencia a pesar que el estereotipo de mujer finlandesa y sueca es exactamente el mismo, pero esto resulta inexacto. Mientras que el prototipo sueco es de mujer rubia de ojos azules, las finlandesas más bien van en dirección contraria, hacia el pelo y ojos oscuros. Y, efectivamente, Irja era finlandesa desde su pelo largo, liso y más negro que el carbón  hasta el átomo más septentrional de su dedo meñique. Ciento setenta centímetros de finlandesa de hombros estrechos y cintura todavía más fina, con una piel tan blanca que casi dolía al contraste con la oscuridad de sus ojos.
Debido a su situación geográfica, Finlandia es un país frío. En el norte del país, en la zona lapona, llega a haber hasta siete meses de invierno al año. Irja, que vivía más al sur, relativamente cerca de Helsinki, contaba con la suerte de sólo tener que soportar cuatro meses de invierno anuales. Aunque se especula mucho sobre la interferencia del clima en la calidez del carácter de las personas, parece innegable que en comparación con los habitantes de la Europa del sur, los nórdicos son más fríos y reservados. Irja era un témpano de hielo.
Fuera de Finlandia, y excluyendo el sistema educativo, se puede decir que la gente capaz de situar el país en un mapa suele tener en mente dos datos sobre esta curiosa nación:
El primero es que hay una regulación relativamente laxa en lo referente a las armas de fuego, y el segundo es que la tasa de suicidios es alarmantemente elevada. Irja, Finlandia hecha mujer, dormía con una nueve milímetros en el cajón de su mesita de noche y en su vida había dedicado un mísero pensamiento al suicidio, aunque sí varios al homicidio.
Vista desde fuera, Irja era el perfecto sicario, la mejor cualificada para trabajar de asesina a sueldo. Fría, azulada, sobria, estable. Sólo una dificultad la separaba de ganarse la vida inhumando al personal: estaba dotada de una moralidad más dura que el invierno de su país natal. Así que la señorita Virtanen tenía todas las herramientas necesarias para hacerse con el mundo –o la porción de mundo que a ella le apeteciera- pero, sin embargo, dedicaba todos sus esfuerzos a luchar contra ella misma. Hasta el momento, había logrado no matar a nadie.
¿Cómo te haces entender cuando el termómetro marca veinte grados centígrados negativos? La comunicación era el verdadero problema de Irja. Siempre quiso tocar el chelo, pero nunca lo intentó. Pensó en escribir algún grandísimo libro, pero la inspiración no la encontró trabajando. Quiso dejar un reflejo de la vida plasmado en un lienzo cualquiera, pero su mano izquierda nunca dio el trazo deseado. Así que de frustración en frustración avanzaba su carrera cogida de la mano de la edad. ¿Y cómo expresas lo viejo que te estás haciendo cuando ni siquiera has llegado a los treinta?
Irja temía la soledad. Aunque, por supuesto, al no haber comunicación, estaba sola. Reflexionaba sobre ello y se preguntaba: ¿Cómo puedo hacer llegar mis ideas? ¿Cómo puedo lograr que alguien lea la frase que yo escribo o las notas que yo toco, y en su cabeza se forme exactamente aquello que yo quiero transmitir? Y, así, daba vueltas alrededor de la pureza de la comunicación, estancándose y estancada, fría, distante, solitaria y con el alma cansada.
Irja no podía dormir por las noches porque vivía demasiado concentrada. Si no produces algo, te consumes a ti mismo. Es como si el humano tuviera la necesidad de estar constantemente creando. No podemos simplemente actuar como gatos, vegetar, porque entonces nos asqueamos y sentimos la imperiosa –como si otro adjetivo pudiera acompañar al sustantivo- necesidad de movimiento.
Así que Irja se movía. Acudía a la ducha y reflexionaba sobre su situación. Lavaba los platos y le daba vueltas a las ideas. Se tumbaba en la cama y, ahí, justo ahí, estaba la concentración que era incapaz de atesorar a las nueve de la mañana. ¿Qué ocurre, pues? ¿Qué te preocupa, Irja?
“Que no me quiero”.
Y, así, susurrándoselo a su propio oído interno, fue como por fin se atrevió a confesarse aquello que le quitaba el sueño.
Con lo fácil que resulta, a priori, amar con locura a ciento setenta centímetros de Finlandia comprimida cuando estos aprietan una S&W del 0.357 contra tu sien.
Pero entonces se durmió y en cierto modo yo logré dormirme con ella. Porque aporreando el teclado como si se tratara de un piano, encontrando cierto tempo en cada una de las letras que se proyectaban, Irja pudo dar con el Sueño:
Se trataba de Jeff Buckley cantando el Hallelujah justo en el momento donde se oye:
She tied you to a kitchen chair.
She broke your throne, and she cut your hair
And from your lips she drew the hallelujah.
Y, solo entonces, se hizo por fin la luz en la noche finlandesa. Un rayo de esperanza prácticamente física recorrió el cerebro de Irja en forma de algún tipo de onda, agujereándolo como una bala. Por fin, la verdad, tan pura y firme como sólo podemos encontrarla cuando no somos plenamente conscientes, se presentó. Entró por la puerta principal y se vanaglorió ante los aplausos con los que los neurotransmisores la recibieron.
Pero, ¿qué has visto, Irja?
“A ti”.
Así que en eso consistía la esperanza finlandesa. En saber que la comunicación es limitada. Aceptar la soledad como un mal necesario, y mirar profundamente en los ojos de aquella durísima norteña y saber que, por un milisegundo, durante el tiempo que había tardado la bala en deslizarse como una góndola por los canales de mi hipotálamo, nos habíamos entendido.
No podía durar para siempre. A veces la música logra hacerte creer que no estás solo. A veces lo hacen las drogas, o alguna charla especial. Yo lo logré a través de mi queridísima Irja.
Y así fue como todo terminó. Ella, sin aire, muerta de miedo. Angustiada. Dubitativa, desolada, descompuesta y atascada. Los dedos de su mano izquierda ligeramente quemados por el fogonazo. La melena totalmente despeinada por la acción desenfrenada de su otra mano.
Yo, sin vida. Un agujero en la cabeza, la sangre brotando de la mortal herida. Sin embargo, una sonrisa en mi rostro. Mi cuerpo reposaba todavía en una silla de ruedas de la que no me podía mover desde hacía años. Tetraplejia completa, apenas tenía movilidad del cuello para arriba. Dolor. Una prisión.
No sé si llegué a quererla nunca. Sin embargo, al matarme, me aseguré sin lugar a dudas de que ella me querría, si no siempre, hasta el momento en que alguien se atreviera a volarle la tapa de los sesos.
Entre ficciones y rutinas, entre sentimientos y consciencias, entre bambalinas y barómetros, Irja y yo encontramos la comprensión. Lo llamaría amor, pero sería un insulto. Porque no terminó con la necesidad, ni siquiera terminó.

Así que, con mucho cuidado, me levantó en vilo y me sentó en una mesa de la cocina. Cortó mi cabello, me arregló el cuello de la camisa, y, antes de irse, con su dedo índice izquierdo, tembloroso a causa del revólver y la situación, acarició el contorno de unos labios que se enfriaban por momentos. No me besó, porque hasta en los últimos momentos fue ella misma, y besar a un muerto está mal. Pero, sin lugar a dudas, mientras la suavidad de su dedo serpenteaba por mi rostro, sin responder ante las leyes de la física, en mis labios cortados se formó la palabra Irja, mi salvadora: la única razón para lamentar, mínimamente, mi propia muerte.

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