Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

sábado, 15 de marzo de 2014

Irja sigue viva.

Irja Virtanen se encontraba lavando los platos cuando pensó que realmente odiaba lavar los platos. Curiosa, más que molesta, dedicó un segundo pensamiento a por qué no le gustaba lavar los platos. Tarea repetitiva, sucia, no requería de su completa concentración, no la absorbía. Le dedicó todavía un tercer pensamiento y llegó a la conclusión de que ninguna tarea que no la absorbiera le resultaba agradable.
Así que le gustaba encontrarse inmersa en aquello que hacía. Lo que de verdad aprecio en algo –pensó-, es hacerlo bien, con los cinco sentidos puestos en ello, cuidando los detalles y disfrutando de las nimiedades. Así que Irja asió con fuerza el estropajo y frotó con todavía más fuerza la grasa restante de los platos, procurando con énfasis que cada uno de ellos terminara reluciente y con una funcionalidad propia de un espejo.
Al haber terminado, se contempló las manos, arrugadas por el transcurrir del agua entre sus dedos, y se preguntó otra vez si le gustaba lavar los platos. La respuesta seguía siendo no, para su desgracia, pero una especie de calor interno la reconfortaba: había hecho algo que no le gustaba de un modo totalmente concienzudo e implacable. Se había vencido a ella misma y eso le permitía sonreír con satisfacción. Se sentía, sin duda, orgullosa.
Luego, la señorita Virtanen se dejó caer, cansada, sobre el incomodísimo sofá que poblaba el salón de aquello que llamaba hogar. Encendió la televisión, cogió un libro cualquiera y se puso a hojearlo con poco interés hasta que cayó rendida de sueño y el libro fue a dar con sus páginas al suelo, obligado a pasar el resto de la noche en una incómoda postura rompe-lomos. A las 5 de la mañana, Irja se despertó, se levantó como buenamente pudo y, dando bandazos, recorrió el camino que la separaba de una cama poco menos incómoda que el sofá. Y se olvidó de lo poco que le gustaba lavar los platos.
Años después, lejos de Finlandia, en un hogar propiamente dicho, con una salita de estar con alfombra y retratos por doquier, con al menos una cama doble y lámparas de luminosidad ajustable en los pasillos, la vajilla sucia volvió a invadir su mente:
Estaba de pie, superando ampliamente la altura recomendada para usar el fregadero del que se estaba sirviendo. La espalda algo resentida debido a la obligación de estar medio agachada;  el pelo indebidamente mojado a causa de las salpicaduras del agua. Sin embargo, una diferencia notable era crucial a la hora de contrastar ambas experiencias. La primera vez que reflexionó sobre ello, estaba sola. Ahora, otra figura se erguía –más que ella, ya que con menos altura no tenía que agacharse- a su lado. ¿Puede esto marcar tanta diferencia? –se dijo a ella misma-. Y ni siquiera tuvo que darse una respuesta.
Sus dedos rozaban otros dedos y estos intercambiaban fluídos –agua, y sucia para más inri-. No prestaba atención a la grasa ni al estropajo. No se detenía en el brillo de los enseres. Toda su atención estaba concentrado en el roce de las epidermis. La fuerza justa que debería ejercer para contonear su cadera lo suficiente para acariciar la figura que se encontraba a su lado. La cantidad exacta de mente que debía dedicar a colocar los platos limpios de tal modo que no rompiera ninguno y el estropicio pudiera desencadenar, de algún modo, un parón en la fricción de las manos con sus manos.
Y, entonces, cuando se encontraba al borde del colapso, algún tipo de divinidad próxima la encontró para recordarle la sensación que le producía, años atrás, realizar tales tareas domésticas.
Irja Virtanen sonrió. Irja Virtanen se rió a pleno pulmón, causando un estropicio de platos rotos y charcos estratégicamente mal colocados. La enigmática figura que no era Irja la inquirió al respecto, descolocada por el repentino giro de los acontecimientos.
Irja Virtanen paró de sonreír para mirar muy, muy fijamente a las pupilas de su acompañante de vajillas:
 Lo que ocurre –le dijo ella-, es que acabo de darme cuenta de que me encanta lavar los platos.

Y entonces también se rozaron otras partes de la anatomía y no hace falta añadir ni una palabra más.

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