Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 30 de abril de 2014

Primavera

Para Ana, por su apoyo,
ayuda,
e insultos constructivos.


She's like a beautiful girl
she falls like drops from the sky,
like red wine”
-Lady Cabrera

Una mujer que pasa en bicicleta a las dos de la mañana, hermosas piernas morenas bombeando los pedales mientras la brisa le alza el vestido y revela un perfecto milagro de carne femenina en movimiento. Nuestros ojos se cruzan un momento y ya se ha ido. Son cosas como ésa las que te hacen darte cuenta de lo poco que realmente sabes de nada.”
-Roger Wolfe


30 de abril
"Pneumos" quiere decir aire, piensa mientras un martillo neumático percute contra el pavimento y sus oídos. El obrero que lo empuja contra el desarmado suelo levanta un instante la vista, y aún a riesgo de amputarse un pie, se lleva la mano izquierda a los labios -unos labios descarnados y sucios- y silba.
Los de ella, que son de un rojo carmín brillante, como debiera ser la manzana de Blancanieves, esbozan una sonrisa: es bella, y lo sabe. No retrasa su paseo, y sigue colocando sus sandalias una delante de la otra mientras el mundo pasa bajo sus pies. Su paso seguro, la brisa que a esas horas de la tarde sube desde el mar -que se ha pasado todo el día soportando los rayos de un tiránico sol- y esas sencillas sandalias negras hacen que los obreros se lamenten del polvo que levanta el martillo, mientras que un grupo de muchachos se agolpa tras ella contemplando el espectáculo que ofrece la parte trasera de cada uno de sus muslos (lugar donde acaba el vestido, pero que una -bendita- brisa deja más al descubierto, marcando cómo, si uno sigue hacia arriba, puede alcanzar el Paraíso). Apuestan entre sí sobre el nombre de la muchacha y, cuando ella gira para seguir recorriendo la orilla de piedra de La Riera, se paran descorazonados y sueltan un suspiro. Deben ir en dirección contraria, y la toman, algunos más reticentes que otros, mientras miran a intervalos hacia atrás.
Llegan a la conclusión de que se llama Ana. "Ana es un nombre bonito", dice alguien. No discrepo: Ana mola. Ahora bien, todos menos uno de ese grupo de muchachos la olvidarán: ese uno corresponde al idealista platónico, que esa misma noche se encerró en el baño pensando en ella, y no salió hasta que su padre aporreó la puerta con ira.
Ana me gusta, es tan sencillo como las sandalias que lleva mientras desciende por la cuesta. Son negras, se ha dicho ya, creando un encantador contraste entre ellas y su piel. Las obras -Palma no dejaría de estar nunca en obras, decretó algún genio de la Antigüedad pagana- se paran a su paso, y ella vive un momento de alegría plena: por un momento está en la cima de la Pirámide de Maslow, ascendiendo al Olimpo con más rapideza de la que gasta bajando por La Riera: todo el mundo le parece insignificante, y lo que haya más allá de sus piernas parece insignificante a todo el mundo. Pasa frente al edificio del Teatre Municipal, en el cual no es su intención detenerse.

Dos amigos sentados en un bar céntrico, con ventanales dando a una calle adoquinada por la que se pasea la flor y nata de la ciudadanía mallorquina. Tonos marrones. Sonido de tazas y conversaciones. Se respira un elegante aroma a café, que hace pensar en el colonialismo y una edad dorada de explotación injustificada y cruenta que, curiosamente, en la distancia no parece tan terrible.
Es sábado. Lo saben porque ayer fue viernes o, al menos, lo parecía. La gente salía animada de sus trabajos, y se iba a quedar con los amigos para pasar la noche con una pizza y una cerveza, y alguna buena película y/o partido en la televisión. Mientras, algunos de ellos se dedicaban a recorrerse todos los antros del Paseo Marítimo o la Plaza Gomila, y las parejas se reunían para cenar en algún restaurante sofisticado y caro.
En fin, es lógico. El tópico del carpe diem comienza, para los más afortunados, en viernes: bendito día de descanso estudiantil.
-Es como cenarse una perfumería.
-¿Picante? -pregunta Tomás de forma suspicaz.
-Dulce -sentencia Daniel.
La noche del día anterior había sido La Gran Noche, y eso es sinónimo de sexo. Desgraciadamente para Daniel, eso significaba también haber tenido que pasar por una serie de prolegómenos anteriores al momento de la cópula que sólo parecían tener la función explícita de molestar. Comer en restaurantes caros y exóticos era uno de ellos, pero por lo menos tenía que ver con la satisfacción de una necesidad fisiológica cubierta.
Y cosmética. Los restaurantes exóticos evidentemente eran el futuro.
-Por lo que dices, probablemente no fuesen hindúes, sino musulmanes. ¿Te fijaste en si llevaban o no recortado el bigote?
-Sí, el tipo tenía una legaña en el ojo derecho y un punto en el iris. La ceja un poco caída, y un lunar minúsculo cerca del labio.
-Vale, eso es que no, ¿no?
-Sí... ¿para qué querías saberlo?
-Para saber si eran musulmanes o sijs. ¿Sí qué?
-Sí que no.
-Oh. ¿Nunca te he contado por qué contratan a los sijs como guardias jurados en media Asia?
-No -o quizá fue el sonido de su garganta al cerrarse.

Dos amigas sentadas en la casa de una tercera. Tonos verde fosfi y rosa. Sonido de risas equinas. Minifaldas y piernas.
-Es mono -dice una de ellas con malicia. Más risas equinas. La tercera amiga vuelve de la cocina -aunque, como es un loft, es equivalente a decir que viene del otro extremo de una habitación grande- con unas cervezas, que reparte entre sus compañeras.
-Así que hoy es la segunda cita. Hum...
-Hemos quedado para ir al Jazz Voyeur. ¡Es tan romántico!
-¡Hum! -sugirió una de ellas, sin ser demasiado informativa.
-No sé yo. La última vez que fui allí dos cuarentonas se pusieron a rapear mezclando idiomas que realmente no conocían. Fue desconcertante.
Silencio.
-Pero, ¡hey! Es muy posible que no vayan a la Jam Session de esta noche -después de todo, tiene una visión bastante reducida como para comenzar a lanzar generalizaciones.
De repente, los cristales de la ventana son golpeados por una ligera capa de agua, mientras una nubecilla pasa, sin pena ni gloria, y abandona esta historia. Las tres chicas se giran y miran la ciudad asustadas: Palma se recorta contra un fondo azul claro -a medida que el cielo deja de ser gris-, y la primavera sigue, y su miedo desaparece.

En la calle San Miguel se alza una parroquia que fue cedida a la comunidad ortodoxa de la ciudad. Tomás, a quien le encanta la música litúrgica ortodoxa, pasa por ahí con frecuencia, más para escuchar los cánticos de la misa que para salvar un alma que, siente, está condenada al infierno. Al pasar por la calle de Olmos, en cambio, se para en seco al ver a tres muchachas tocando dos violines y un violonchelo delante de la iglesia.
Comienzan, al parecer, con el quinteto de cuerda en si bemol mayor, K.V. 174, de Mozart; algún tipo de adaptación para trío. Luego pasan a un arreglo de la vigésimo quinta sinfonía del mismo, el primer movimiento, en el cual Tomás se da cuenta, extrañado, de que se ha equivocado: no son dos violines y un chelo, sino violín, viola y chelo. Y, en el mismo tiempo en que se percata de esto, un hombre, a sus espaldas, emite una risotada que detiene a los músicos: americana, pantalones de vestir y una camisa pulcramente planchada que acaba donde empieza su barbita de chivo. Se disculpa, con una sonrisa socarrona, y se va alejando por los Olmos, hacia el mar y la puesta de sol, que se hace cada vez más patente.
Tomás piensa que, de alguna manera, es evidente que se ríe de su confusión, y se avergüenza. A su alrededor, la gente va acabando sus paseos, y el trío empieza a tocar Por una cabeza, de Gardel.
Oscurece.


29 de abril
A veces uno se despierta y el cielo brilla, la ventana está abierta. De hecho, puede ser perfectamente por ese orden: a veces uno se despierta y le da igual que el cielo no brille. La cuestión es que la ventana sigue estando abierta, y llueva o deslumbre en la habitación, nunca tiene ganas de cerrarla. Y curiosamente, de la misma forma que el tiempo puede no acompañar, quizá no haya ninguna razón para ser feliz, y sí muchas para no serlo. Quizá el fresco aire que entre por la ventana y se cuele en el pulmón sea el humo cancerígeno de algún vehículo, o contenga la descomposición del cadáver de algún gatito.
La cuestión es que a veces te despiertas, el cielo brilla, y como que si no brilla te da igual, todo lo demás tampoco. Es agradable, qué coño.

La cultura india suele parecer, a los ojos occidentales, excesivamente colorida, con unas tonalidades que transgreden la frontera entre el barroco y lo hortera, violando el Derecho Internacional y todas las normas del buen gusto. Ya que, a fin de cuentas, la decoración, la música y el cine pueden parecer de una muestra de kitsch -suponiendo que, en su propia evolución artística, ellos no tuvieran ese mismo concepto, en cuyo caso todo sería una gran broma para Occidente, la exportación de lo hortera frente a la nacionalización de lo sereno, una onda de mal gusto provocada por una homónima broma, la muerte del relativismo cultural.
Sin embargo, al igual que en el barroco, el mal gusto reinante para algunas artes se compensaba con creces con lo vitalista de la música, o el claroscuro pictórico. La gastronomía india es brillante como un campo primaveral: huele como tal y, debido a alguna sinapsis sinestésica, sabe como debe saber ese campo.
Daniel y ella piden arroces que huelen llegar antes de divisar la camisa rosa del camarero: cardamomo, coriandro -especias cuyo nombre no había oído nunca, palabras exóticas que la transportan a algún bazar oriental donde se resbala por los pétalos volados desde el rosedal-, clavo, canela, y menta. Su plato -el de ella- se llama biryani, es popular en Pakistán y se sirve acompañado de una salsa de yogur que puede servirse o no, destrozando o no el sabor de la comida. Él, por contra, pide un arroz pulihora, tan lleno de limón que casi flota en su jugo. Lo llaman el arroz ácido, y es más típico del sur de la India que de comunas hippies.
Todo lo cual, quizá, está más sacado de la mente del narrador omnisciente que de la de los personajes, que ahora se miran el uno al otro con sonrisas que hacen denotar un progresivo allanamiento en su encefalograma. En algún momento, la vejiga de Daniel da signos inequívocos de no aguantar más, cosa que su cerebro interpreta como enamoramiento y, en esas, se declara, ella acepta, él se da cuenta de su error y se levanta, aturdido, para buscar el lavabo.
Ella se queda, más feliz que una perdiz, esperando a que su recién estrenada pareja vuelva del lavabo.

La tarea de encontrar el lavabo, no facilitada por sonrisas de oreja a oreja y asentimientos poco esclarecedores, se vuelve cada vez más desesperante -esto sí facilitado por la música del hilo ambiental del local, una colección de sonidos que el sinestésico cerebro de Daniel considera rosas, cuando no se salen del espectro visible.
La relación de los pensamientos que pasaron por su cabeza, llegados a este extremo, era parecida a la relación de pensamientos en un sueño, donde una idea parece cambiar el espacio a tu alrededor, y cualquier sinapsis neuronal tiene un papel determinante en el entorno. Así, cuando Daniel pensó que, bueno, lo primero sería encontrar una puerta, se topó de frente con una, e hizo girar el picaporte hasta que la abrió -es decir, exactamente un quinto de circunferencia, que gimió haciendo crujir la madera de la puerta.
Dio un paso y cayó por un oscuro tobogán, aún caliente por el tránsito constante de almas pecadoras.

Al llegar al suelo, se encontró con un ambiente exquisito. “Estos demonios tienen buen gusto”, pensó. Y es que aunque la mayor parte del arte se haya consagrado a Dios, los artistas siempre se inspiraron, por lo bajini, en el Diablo.
Aunque, quizá, pensándolo desde un ámbito políticamente correcto, denominar 'demonios' a los habitantes del subcontinente indio era bastante radical. Y quizá el propio término de “subcontinente” daba algún tipo de discriminación geográfica, supeditada a la arcaica noción de continente. Quizá, por tercera vez, sostenían algunos, la propia forma del subcontinente era ofensiva -en muchos casos, eran las personas que sostenían que ciertas nociones debían ser eliminadas por sus connotaciones negativas las causantes de estas últimas, creando un incesante campo de cultivo de mala follá.
Pero, como se ha dicho, y nadie podría negarlo, el ambiente era exquisito. Pasado un vestíbulo de madera barnizada se encontraba un salón lleno de humo de tabaco de liar y, expulsados como viles ratas de la superficie, un par de hombres se agolpaban en círculo hablando. La estancia estaba llena de la tranquila y animada cadencia de una sonata clásica, que denotaba un sentimiento de exclusividad aún mayor que el de la prohibición que caía sobre esos hombres que, por fumadores, sólo se mostraban en el interior, y jamás al público. Al acabar la sonata, uno de ellos dijo algo en hindi, y una sonrisa de oreja a oreja comenzó a tocar la transcripción de Liszt de la obertura de Tannhäuser.
La reconoció porque Tomás así lo había dispuesto, haciéndole tragar todo Wagner un fin de semana que decía haber ido a visitarle para evadirse del mundanal ruido. Las notas de esa obra, destinadas a ser oídas por übermenschen o untermenschen -dependiendo, en todo momento, de la reacción del compositor a los afectos de Nietzsche por su mujer- no evitaron una animada conversación entre los señores, que ni se inmutaron ante la llegada de Daniel.
-Y por eso se abrazó a un caballo. Porque nadie más lo soportaba -estruendosas risas de neopositivista.
-Disculpen, caballeros. Intentaba encontrar el aseo, y me he visto arrastrado hasta este -pausa- círculo.
El grupo, después de darse cuenta de que su juego ha sido descubierto, giró sus morenas teces -¡salvo una!-hacia él. Tras unos instantes de incómodo silencio,
-Salud, señor. Intentábamos discernir si El día que Nietzsche lloró trata del momento en que se da cuenta de que todo su trabajo ha sido inútil.
(Una imagen en la cabeza de Daniel: Nietzsche se despierta en su mesa de trabajo y, con trocitos de papel en el mostacho, comienza a leer alguno de sus manuscritos. “Pero esto... esto es una mierda.”, con lágrimas en los ojos.)
-Oh, perdónele usted, tiene un temperamento de digno demonio -risas educadas, risita nerviosa de Daniel-. Señor, le presento a Mefistófeles.
-Por favor, llámeme Mefisto, Daniel -a estas alturas, no tiene sentido preguntar por qué sabe su nombre. Se limita a preguntar por el lavabo.

Entretanto, en la superficie, los olores a especias llenan el local de tal manera que hace que cada uno de los camareros piense en las primaveras de los campos indios -aunque no tenga demasiado sentido en una modalidad climatológica oscilante entre Malo y Monzónicamente malo. Aunque ella, sentada en su mesa, se imagina un campo verde lleno de olores exóticos, a la europea, con niñas bajando colinas suizas al trote, la realidad tiende a ser ligeramente más molesta. Entonces, tras unos instantes de litigio con la ética comercial de los restauradores, alguien le trae la cuenta.
Para ello recurren a una pomposidad hilarante que acaba con un trozo papel posado sobre un plato, con algunos pétalos de rosa que dejan de ser primaverales en tanto que dejan de esconder las cifras escritas. Siendo aprendiz de novelista de terror, ha debido describir centenares de veces cómo se eriza el vello de la nuca y se pone la carne de gallina, pero no ha podido sentirlo en su propia persona hasta ese momento. Toma nota en su Moleskine, y juguetea con el bolígrafo para parecer menos nerviosa de lo que está.
Daniel asoma, pálido, y se sienta a la mesa.
-No te lo vas a creer -empieza.
-Dispárame.
-¡Acabo de conocer a un personaje del Fausto de Goethe!
Ella le enseña la cuenta.
-Hostias.
>>De acuerdo, tú ganas -admite él-. Debemos actuar rápido -se levanta y, mientras ella se levanta también, escupe a una gruesa señora sentada en la mesa de al lado-. Vaca gorda, ¡deberías ser sacrificada como el animal impuro que eres, y contaminar con tu cadáver descompuesto las aguas del Ganghes! -a continuación abandona el local por la ventana, haciendo estallar un icono vitral de algún ídolo de Bollywood, bajo la atenta mirada de los trabajadores sijs del local, que están demasiado chocados por el fútil intento de ofensa religiosa como para darse cuenta, hasta que es muy tarde, de lo que demonios haya pasado. Una botella de champagne cae al suelo y se esparce, prolongando el sonido de cristales rotos.
Fuera del local, antes de que éste explotase en indignación, ella le saca los oscuros ojos de Rekha de la frente, le da un beso que le escuece en la herida, y salen corriendo y riendo, dejando tras de sí parte de una fabulosa representación de la Gretta Garbo de la India, resplandeciendo con la luz de las farolas y las antorchas, que una vez más arden demasiado tarde.

Walpurgisnacht
Pero el Jazz Voyeur estaba cerrado, y decidieron darse una vuelta por la feria, antes de que la cerrasen ese año. Situada cerca del cementerio, en una hondonada descampada que huele a patatas con vinagre blanco y algodón de azúcar cerca del curso irregular de sa Riera. Dejan la Lonja y las luces verdes y rojas, y azules y púrpuras, y sus proyecciones acuáticas, del distrito portuario, metiéndose entre las callejuelas estrechas del barrio antiguo con su iluminación amarillenta hasta llegar las Avenidas, anchas y sanas llenando de un blanco incandescente y metálico el lugar por donde antes se alzaban las murallas. Y continuando por estas, hasta el mismo puente que albergó una sangrienta batalla de disfraces una noche de Halloween, girando hacia la derecha tras tomarlo y siguiendo recto casi un kilómetro, uno encuentra, a diestra, el camposanto, y a siniestra, la feria, por más que pudiera parecer lógico lo contrario.
Se elevan sobre el puente y respiran el olor de la diversión. Alguien dijo una vez que la Catedral de Mallorca se sostenía milagrosamente, sin que los cálculos arquitectónicos pudieran dar crédito de ello -quizá después de todo construirla encima de la Gran Mezquita tuvo sus consecuencias de película de serie B para arquitectos, un infierno de cálculos y litros de argamasa.
-Eres muy divertido -dice ella. Es sincera, y acompaña su comentario con una risa aguda y felizmente tímida. Él intenta no recordar la última chica que le dijo exactamente esas palabras, pero la resistencia cede como una ridícula presa de castor. And someday you'll be sorry, canta un ronco Louis Armstrong en algún lugar de su cabeza, confusa por los sedimentos que el curso medio del río que destrozó la presa del castor ha ido colocando en su trayecto, sobresaliendo del agua gris y dando las primeras señas visibles del amor. La vida es como los ríos que van a dar en la mar.
-Ais. Cuando seas famoso, la gente no sabrá cuál de tus frases recordar, porque son todas geniales. Y Wikiquote estará a tope de citas tuyas, y explotará. Y, así, Wikipedia también. E Internet y, en fin, el mundo entero. Y, ¡boom! -boogie boo rock n' roll clock-, todo se acabará. Así, de risas.
-Je -y se sume en sus pensamientos.

Una vez, hacía tiempo, Daniel había ido arrastrado por Tomás a escuchar madrigales y canciones de compositores ingleses -grandes olvidados por la poca cultura popular existente sobre música clásica. El concierto se centró, sobretodo, en las obras de Thomas Morley -que compuso arreglos para obras de Shakespeare- y Henry Purcell -que escribió la marcha fúnebre para la reina María II que Stanley Kubrick haría tan famosa en su Naranja Mecánica. Pero ninguna de esas composiciones fue tocada en el recital, sino que fueron obras más bien frescas y fáciles de escuchar, que cautivaron tanto a Daniel como a Tomás y, en fin, a todos los presentes.
Daniel pensó en ese momento en dos piezas en concreto: April is in my mistress face, de Morley; y She loves and she confesses too, de Purcell. Ambas livianas como una brisa primaveral, parecían evocar tanta frescura que los presentes olvidaron sus penas durante un día o dos. Al salir a la calle, húmeda y fría como es Palma en invierno, se embucharon en largos abrigos y desaparecieron.
Mientras la mayoría de ellos se dirigió al mar, Tomás y Daniel caminaron hacia la periferia de la ciudad -mucho más tranquila, más rectangular. No hablaron, como es costumbre entre los amigos que se conocen desde hace mucho y ya no tienen demasiado que contarse -Daniel observa lo mismo en los matrimonios ancianos, y una ola de pena invade su cabeza. Tomás, en cambio, silba El barbero de Sevilla, y hace un chiste sobre sentirse Fígaro en época de exámenes.
Pero a Daniel no le hace gracia. Y no porque tenga un doble sentido que pueda resultarle ofensivo -eso, en realidad, haría que sonriese y se riese de la propia evidencia-, sino porque, aún conociendo la referencia, el chiste no parece tener más trasfondo que el mero alarde de cultura, aún cuando carezca de ingenio.

Pero Daniel se engaña, porque en realidad no la quiere. Y además es un engaño tan evidente, tan burdo, que no consigue tomárselo en serio y sigue adelante con su vida como si nada hubiera pasado. Daniel, enamorado de lo imposible, romántico hasta la médula, pero demasiado humilde para reconocerlo, sigue enamorado de aquello que sabe que no conseguirá: está, por ejemplo, loco por la bella -siempre bella- Scarlett Johansson (por supuesto, sólo reconocería, como todos los hombres de bien, que siente una atracción meramente sexual hacia ella, y lo adornaría con piropos de obrero, que harían que el genio en su interior muriese un poco). Daniel se cubre entre los pliegues del tiempo, a salvo, mientras pone el piloto automático en su conversación con la muchacha con la que camina. Imagina que conoce a la bella actriz y se declara y ella, claro, con un gracioso ademán, le dice que es un chico simpático, pero que no es su tipo -todo esto, piensa, en medio de una fiesta elegante, la flor y nata de Hollywood y, por ende, del mundo. Así que se aleja del jaleo y se pone a mirar meditabundo una ventana, y las fantasías siguen por derroteros autocompasivos y azucarados.
Se pregunta si, de poder conseguir a la mujer de sus sueños, ello no conllevaría que dicha mujer dejase de ser especial para él. Y piensa en Scarlett, otra vez, fumando en Match Point, con el pelo recogido, formando una hermosa imagen de serenidad y paz.
Y que está buena, qué coño.

La Feria del Ramo, como las ferias por las noches, recuerda a neones verdes y violetas surcando el cielo, en movimiento -aunque quizá nunca haya tenido esos colores, heredados de películas japonesas o americanas, invenciones de un cerebro extralimitando las funciones de su imaginación. Porque lo cierto es que no eran esos colores los más usuales, sino azules y rojos, y amarillo y blanco. Abajo, la gente parecía moverse en un escenario teatral iluminado, una región muy concreta del espacio recortada entre la oscura noche. La gente ríe y canta animadas canciones.
Todos ellos ignoran completamente la fecha en la que se encuentran, y si alguien les hubiese dicho algo, sólo podrían haber recordado vagamente la novela de Stoker: la noche del 30 de abril al 1 de mayo es la noche de Walpurgis, aquella en la que las brujas se reúnen en aquelarres en los bosques de las montañas del Harz. Claro que de eso hacía mucho tiempo: los bosques habían sido talados y las brujas, quemadas. La celebración, deshecho de mitologías nórdica, celta y romana, había ido cayendo en el olvido tras el paso inexorable de los años -aunque todavía quedaban algunos viejos que recordaban que uno no debía enamorarse en mayo, más por superstición costumbrista que por alguna extraña leyenda que, en cualquier caso, había caído en el olvido.
Juntos, pasan cerca de unas cuantas casetas de tiro y viejas atracciones sacadas de los años 50, con esa polvorienta gracia de los recuerdos de otra época. En algún momento, llegan a la casa del terror, con un monstruo de cartón-piedra sosteniendo a una hermosa dama del mismo material. Ambos se mueven acompasadamente, siguiendo un viejo mecanismo que chirría y da pena. Daniel y ella se acercan a la venta de entradas, en la cual hay un viejo cataléptico sacado de algún relato de Poe.
Suben a una vagoneta que se pone en marcha inmediatamente, sin esperar a un público hipotético que subiera tras ellos. Después de unos momentos, llegan a la conclusión de que de pequeños era más terrorífico, y que era una pena haber dejado atrás esa capacidad de permanente sorpresa, de imaginativas respuestas que parecían invalidar la vieja Navaja.
Daniel cita a D'Annunzio: - “¿Dónde hallaré el antiguo horror del hombre ante lo vario y lo confuso y lo amenazador y lo inexplicable? ¿Dónde el prodigio oscuro y siniestro ante el que temblar? No puedo seguir viviendo en esta tierra esclava, medida, explotada hasta el último palmo.” -y ella lo reconoce y le recuerda que era un fascista.
Ambos ríen un rato en voz alta, y pasan por el túnel del terror pletóricos.

Llegan a un pequeño restaurante al aire libre, con un grupo folk tocando algo que suena entre celta y jazz, y Daniel piensa que probablemente tenga muy poco de lo primero y bastante de lo segundo -sinestésicamente, piensa en chocolate con menta.
Pero resulta que ésa es su última actuación, y pronto aparece un grupo completamente diferente. Cuando la cantante abre la boca, medio local se queda decepcionado porque canta en alemán -a los hablantes de lenguas romances no les suele gustar cómo suena, una carga entrecortada de fonemas difíciles y cacofonías-, y la otra mitad se alegra porque podrá comprender mejor qué se canta. Daniel, que no entiende el alemán, sin embargo opina que suena bastante bien, incluso con un cierto lirismo primitivo, y piensa en danzas de la muerte:

Es führt über den Main, eine Brücke von Stein.
Wer darüber will gehn muß im Tanze sich drehen.
Fa la la la la, fa la la la...

Kommt ein Fuhrmann daher, hat geladen gar schwer,
seiner Rösser sind drei, und sie tanzen vorbei.
Fa la la la la, fa la la la...

Und ein Bursch ohne Schuh und in Lumpen dazu,
als die Brücke er sah, ei wie tanzte er da.
Fa la la la la, fa la la la...

Kommt ein Mädchen allein auf die Brücke von Stein,
faßt ihr Röckchen geschwind, und sie tanzt wie der Wind.
Fa la la la la, fa la la la...

Und der König in Person steigt herab von seinem Thron,
kaum betritt er das Brett, tanzt er gleich Menuett.
Fa la la la la, fa la la la...

Liebe Leute herbei! Schlagt die Brücke entzwei!
Und sie schwangen das Beil, und sie tanzten derweil.
Fa la la la la, fa la la la...

Alle Leute im Land kommen eilig gerannt:
Bleibt der Brücke doch fern, denn wir tanzen so gern!

Sin embargo, no acaba de ver la relación entre ambos estilos (una fusión muy irlandesa, todo sea dicho) y el alemán. Pero supone que será cosa de la literatura.
Y, entonces, la ve. Al contrario de lo que le suele pasar con muchas chicas, ve primero su cara pálida enmarcada en un pelo castaño oscuro, sus ojos negros -¡como las alas del cuervo de la tempestad!- y unos labios que son de un rojo intenso, como debieran ser los de la manzana del cuento. Después, bajando por su cuello esbelto, el resto de su cuerpo le causa un efecto tangiblemente descorazonador, y mira melancólicamente el vaso de agua que tiene frente a sí, y la mira a ella -y su busto, y sus piernas-, y vuelve al vaso. Si su novia se da cuenta, no lo exterioriza.
El tiempo fluye incluso a pesar de la cantante, que parece rasgar el todo con su lengua. Medio local escucha, medio local mira a Ana -aunque esta división no es exactamente una división de género, y ni siquiera todo el jazz del mundo puede hacer que ese lugar al aire libre parezca un horno lleno de humo y sin aire, de manera que algunos parecen visiblemente decepcionados y otros respiran hondo.
Ana, vestida de blanco y de negro, con su cuerpo en blanco y su pelo negro, cuyo único detalle de color son unos labios carnosos, se levanta y se dirige al lavabo, en el interior. Un violonchelo desgarra el ambiente y parece enmudecer a la cantante, que repite de forma esporádica “Wie einst, Lily Marleen.” Daniel lleva un rato mirando al vacío, pero cuando se gira su acompañante no está.
Respira hondo.

Los baños tienen luces asépticas como los de un quirófano, una morgue o una cocina. En cualquier caso, los lugares donde se manipulan directamente tejidos orgánicos parecen tener esa tendencia. Los ecos del grupo que toca llegan a los oídos de Ana doblemente apagados. El alumbrado eléctrico zumba sobre su cabeza, y alguien se ha dejado un grifo abierto, que está comenzando a desbordar el lavabo.
Y los ecos del grupo le llegan doblemente apagados. “Pneumos” debe querer decir aire, piensa aunque es precisamente eso lo que le falta, haciendo que su cerebro funcione entrecortadamente como el espectro de un átomo de hidrógeno. Eso es porque la novia de Daniel agarra su cabeza y la mantiene en la taza del váter, para asegurarse de que la zorra que ha intentado quitarle a su pareja deja este mundo de la manera más desagradable posible. Porque ella bien se lo merece, por ser una fresca.
Lo curioso es que ni se lo plantea: por supuesto que debe morir. No le falla el pulso y no da una oportunidad de recuperación: Ana patalea agónicamente durante unos minutos hasta que, con una sonrisa de satisfacción, la asesina nota que ha parado. Causar la muerte de forma tan repentina, hacer descender a alguien del todo a la nada más absoluta, dar un empujón desde la pirámide de Maslow: matar. Aunque -dicen, no consta en ningún lugar que sea cierto- la muerte bien puede ser una liberación.
De manera que, con un nivel de adrenalina superior al recomendado, se levanta, cierra la puerta del váter y se acerca al espejo, esperando ver su imagen deformada por la atrocidad, como la del retrato de Dorian Gray. “Lo que se hace por amor se hace más allá del bien y del mal” recuerda que dice Nietzsche. Durante un instante, piensa en los crímenes que ha ido cometiendo durante los últimos dos días, en una escalada de violencia creciente: no pagar la cuenta en un restaurante indio, romper una ventana, matar a alguien. Quizá le convendría abandonar la ciudad durante un tiempo, o quemar el cadáver para eliminar cualquier tipo de huella -porque esconderlo es imposible. Luego siempre podría decir que los dueños del restaurante, sijs, han decidido tomarse la justicia por su mano y se han equivocado de persona. O no, no lo sabe.
En cualquier caso, deduce que está jodida.
Y no sabe bien cuánto.

Pasa el tiempo, y Daniel se aburre sentado en la mesa, escuchando la música e imaginándose situaciones de estúpida autocompasión e inocencia. Es algo que hace desde que tenía ocho años, con más o menos frecuencia, algo olvidado en el torrente hormonal de la pubertad y que vuelve en los años finales de la adolescencia, y desde entonces. Y entonces -sólo entonces- se permite divagar sobre cuestiones metafísicas, imaginando que ningún narrador omnisciente dará a conocer tal falta de rigor. Se pregunta si aprehender en el alma de las cosas tiene un carácter humano y sencillo o técnico y difícil de comprender. Imaginarse llegando al concepto de libertad y verlo como un anciano sentado eligiendo el momento de la propia muerte adelantándose a la naturaleza o una serie de proposiciones lógicas sacadas de la carrera de informática -también es consciente de que ni en el mejor de los casos es posible saberlo. Y tampoco le importa, aunque parece más inclinado a considerar la primera definición, empujando todo el concepto dentro de un ejemplo concreto como a gente en el metro de Tokio.
Pasa el tiempo, y una brisa se levanta desde algún lugar en la oscuridad, llenando el lugar de polen y haciendo que gran parte del local se levante a buscar pañuelos de papel en alguna parte. El grupo ha abandonado el escenario, y el ambiente está tranquilo salvo por un alud repentino de estornudos simultáneos como bostezos en un experimento sociológico.
Daniel, solo, mira de un lado -la mesa vacía donde estaba la muchacha de la piel blanca- a otro -su lado, donde su novia ha desaparecido- con aburrimiento, y pide la factura. Poco antes que ésta, reaparece Ana, hecho del que se da notable cuenta. La observa sentarse en su silla y mirar su vaso, vacío salvo por unos restos de carmín en el cuello, y un cubito de hielo fundiéndose lentamente -analogía que Daniel usa para sí mismo, transpirando al otro lado de la estancia, mirando con ojos soñadores su escote. Entonces suena un grito desde el lavabo y alguien le dice que su novia ha muerto.
En fin, era lógico.

Lo que sigue, claro, es un seguido de situaciones incómodas, colores y sirenas, y palmaditas en la espalda. Ana se ofrece a acompañarlo a su casa, cosa a la que accede de buen grado en pleno shock, sin poder realmente comprender que un ser querido ha muerto, excitado por la situación. Cuando vuelve a tener uso de su razón, camina por el descampado que se abre paso en la misma hondonada donde está situada la feria, entre hierbas altas que cubren más de lo que sería necesario para temer a las garrapatas. Avisa a Ana del peligro, pero a esta parece no importarle, preocupándole en demasía cómo se encuentra. ¿Y cómo se encuentra? Es difícil saberlo, aunque supone que mejor de lo que cabría esperar, teniendo en cuenta las circunstancias, ¿no? Sí: pasea por el descampado y se consuela pensando que no lo acaba de comprender del todo, pero sabe que es una excusa, que su corazón no se ha roto.
-¿Tú crees que soy ruin?
Ella le mira y sonríe triste, torciendo delicadamente la cabeza en un gesto sutil. “No, claro que no”, dice, o se supone que dice, y se acerca a Daniel y le da un beso en la frente, y Daniel olvida a su novia y se siente más ruin y más feliz, y doblemente ruin pero infinitamente feliz al estar al lado de Ana. La pálida y frágil Ana, como un espectro de mayo.