Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

sábado, 10 de mayo de 2014

Unoriginal couch request, I: ¡París!


Un viaje por el interior de la psique humana, y de algunas capitales europeas.

15 de junio: Me tomo un Vallinaccio y, para mi galopante desagrado, sabe a café. Ahora me arrepiento de no haber pedido azúcar. Esperamos el avión.

Girona, o alguna lugar cerca de; esperamos el autobús. Gerard ha tirado el vaso.

(Lidl y esa bolsa que nos acompañó hasta Suecia)

Quizá no salgamos de Girona. ¿Billetes de autobús? Bien, tal vez. Capturas de una página web. Sólo cabe esperar la friolera de cuatro horas para saberlo, cogiendo, en el mejor de los casos, el tren en la madrugada.

16 de junio: Buena noticia, no ha hecho falta esperar cuatro horas. Dicho autobús no existía: a G. le ha vendido el billete un gnomo. Noche de mierda en el aeropuerto. G. no ha podido dormir.
Nos hemos lavado la cabeza en los aseos públicos. (Hemos desayunado tostadas con atún).

En Perpignan todas las chicas con monas, todo el mundo está enfadado. Los anuncios son dados en francés y en español. La estación, el único lugar en el que hemos estado, aparte de un cíber de beurre y un supermercado, es un lugar horrible que se jacta de haber hecho comprender a Dalí el sentido de la creación. (Apuntes en este párrafo: “la manzana de G.”, “me ofrecen marihuana”).
Te cobran por usar los lavabos. Delante, una pareja retoza alegremente en otro andén, él de gris y ella llevando un vestido y medias, sirviendo de contraste con los trenes de alta velocidad.
En otro orden de cosas, Eichmann en Jerusalén es sorprendente: lleno de datos curiosos y reflexiones, que muestran a un asesino exasperantemente tonto, bobo, incapaz de pensar.
Y la pareja sigue retozando...
(Aurélie: 47 rue Vivienne. “Hazak”. 2nd elevator, 7th floor, the door on the right)

17 de junio: ayer nos acogió, a última hora y con prisas, una francesa hawaiiófila que toca el ukelele. Estuve cerca de una hora preguntando a la gente para encontrar su casa, dando vueltas por Grands Boulevards. (Chucrut)
Ahora escribo estas líneas en los jardines del Louvre, mientras Gerard da de comer a los pinzones y palomas, al lado de un grupo de ¿chinos? (más morenos que los japoneses), mientras un ¿musulmán? ¿senegalés? juega con sus caros perros negros. Un cuervo observa las palomas con delectación.
Hemos alquilado una habitación en Paris-Clichy, albergue Léo Lagrange, en 107 rue Martre.
Nos ha asaltado un comando de pedigüeños sordomudos muy violentos.
Una disgresión: aún recuerdo la guardia militar armada del metro, y nosotros sin saber dónde dormir. Una japonesa asustada y demás stuff.

Hemos ido a comer al hostal y hemos comprado comida -y un melón que no nos hemos comido. Luego hemos salido y hemos ido a Notre Dame y la Shakespeare & Company -una librería con Jam Session, una japonesa pianista que tocaba de maravilla, una improvisación – miraba la partitura del Praeludium XVI de Bach, pero no era eso. Luego ha presentado unas variaciones sobre el Praeludium XX, y ha venido el resto de la banda. Hemos comprado A farewell to arms, de Hemingway, y Mother Night, de Vonnegut. (Adición posterior: la estudiante de intercambio de Washington D.C. que nos indicó el camino a la librería y que se quejó de que los franceses hablasen tanto francés). Luego hemos ido a ver la Torre Eiffel, bajo cuya base nos hemos sentado y hemos hablado en un parque lleno de cuervos. (Conversación sobre videojuegos)
La habitación del hostal tiene tres camas, una de las cuales está ocupada por un canadiense borde (esto está tachado: me hizo un regalo) y medio rubio, medio pelirrojo (es quebecois). He perdido las llaves, nos he costado 16€. (Notas en el párrafo: “el canadiense nos despertó a las seis de la mañana”, “las llaves estaban en mi bolsillo”)
Ayudamos a una muchacha mexicana, mona y simpática, con el ordenador.
(Adición posterior: “¡París! DondelaschicassonmonasperonotantocomoenPerpiñán, ¡París!”)

18 de junio: Abandonamos el hostal, nos encontramos a la mexicana en el ascensor. Desayunamos.
Ya lo dijo Descartes: “Joderme a mí es joder al más grande.” (¿De dónde coño sale esto? Y, ¿por qué yo no tengo la idea de infinito?)

Sentados, escribiendo junto al Princesa Guerrera, la perspectiva de pasar la noche en vela rondando por París no parece tan horrible.
Hemos ido a las estaciones de tren y, estúpidos de nosotros, debimos reservar cuando éstos no estaban aún llenos. La solución ha sido un tren hacia Colonia a las 6:00h, y luego de allí a Berlín. Mientras escribo esto me ha asaltado la sensación de estar en París, por primera e irremediable vez.
Después fuimos al castillo de Vincennes y al Parc Floral, donde Quizzy Brown (Push Up) nos ha deleitado con funky-jazz bajo la lluvia.
Más tarde, fuimos a casa de David Arambrosky (¿Abramovitz?) -o algo así-, concertino de piano y homosexual (visiblemente en orden invertido, como él), de la cual nos ha echado educadamente (Abramuse face). He podido tocar su piano de cola.
De allí a S&C, pasando por una siniestra tienda de chinos que me han cambiado la maleta rota por tres ovejas y una virgen.
He estado leyendo a Arendt mientras escuchaba a un muchacho tocar el piano en la Shakespeare.
Gerard me explica por qué huele tan mal el Sena, en términos biológicos. (No recuerdo nada).

19 de junio: Consternación. Paseamos, encontrando muchachas borrachas y lo que G. asegura es una actriz porno (Liza del Sierra). Entonces huimos y, cogiendo el metro parisino por última vez, llegamos a la Gare du Nord. Allí, un simpático vagabundo -aunque probablemente no sea ése el término- nos guía hacia un bar que, dice, está abierto toda la noche -en este punto debo hacer notar que necesitábamos un lugar donde pasar la noche antes de que abriesen la estación, a las cuatro y media (y que soy idiota). En dicho bar, caro como él solo, todo cobra un aire extremadamente hostil, desde el Je t'aime... Moi non plus de Gainsbourg y Birkin, hasta el camarero que ofrece los servicios carnales de dos muchachas o -quizá, mi francés no llega a tanto- drogas, o me pregunta por qué me sangra la nariz (Me sangra la nariz). El caso es que lo hace con secretismo, y se arrepiente en seguida. Permanecemos allí hasta las cuatro, cuando salimos a las frías calles parisinas y esperamos a la salida de la Gare du Nord.
Mientras escribo esto, Gerard dormita a mi lado mientras esperamos el tren que nos ha de llevar a Colonia y, de allí, a Berlín.