Las Citas de la Semana


"No puede decir que lo haya comprendido todo. Probablemente, ahora está más confuso que nunca. Pero todos esos momentos que ha contemplado... algo ha sucedido. Los momentos parecen cosas físicas en su mente, como piedras. Al arrodillarse, acercándose a la más cercana, pasando su mano por ella, descubre que es suave y está ligeramente fría.

Comprueba el peso de la piedra; ve que puede levantarla, y también las otras. Puede colocarlas juntas para crear unos cimientos, un dique, un castillo.

Para construir un castillo del tamaño adecuado necesitará muchas piedras. Pero con lo que tiene ya, parece un comienzo aceptable."

Braid

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Dancin bitchez

Se trata de un lugar al aire libre. Es verano, y hace calor. Unas gotas de sudor perlan mi frente, incomodándome. Hay humedad, y el traje de noche, aunque elegante y bien escogido, incluso cómodo –para ser un traje- no puede evitarme el sudar.
Es una especie de patio arbolado. El suelo está cubierto por baldosas y flores y plantas la mar de bien cuidados nos rodean por doquier. La situación no es de congoja. Acorralado por la vegetación y asediado por el clima, no me vengo abajo. Un grupo de música desconocido para mí toca algo indeterminado –me fijo en que el bajista no es muy bueno- y una brisa, agradable aunque algo cálida, hace ondear ligeramente las faldas de las demás mujeres como si fueran banderas multicolor.
Seguiría describiéndome a mí mismo, pero la verdad es que no me interesa lo más mínimo. Estoy en ese lugar al aire libre, posiblemente cerca del mar, quizá cerca de un río, porque puedo bailar con ella. La agarro por la cintura, acercándome peligrosamente a su nalga izquierda. La otra mano sobre el hombro, y parecería que estuviéramos bailando un vals o un tango si no fuera porque no tengo ni idea de qué toca el bajista. Yo me muevo desacompasadamente, porque ni sé bailar ni nunca me he molestado en aprender, y ella lo hace algo mejor que yo porque es imposible hacerlo peor. No sé de qué color va vestida, porque la luz no es muy buena y tengo problemas para distinguir los colores, pero sí sé que va ceñida. Su cintura estrecha y sus caderas anchas quedan remarcadas por el estrecho vestido de noche. Algo escotado, sin ser impertinente, me importuna con su sonrisa, más cautivadora que socarrona. Si ya es alta por sí misma, los tacones que luce la sitúan a mi altura, posiblemente más. Casi seguro que más, pero resulta incómodo imaginarse a la mujer más alta que el hombre. Puedo hundir mi rostro en su hombro y sentir como su nariz y su barbilla se acomodan en el mío. Aspiro con delicadeza, sin hacer ruido –puesto que habría parecido grosero o quizá ofensivo-, y un suave perfume a cítricos me inunda las fosas nasales. Considero que ella es bastante dulce, así que el contraste ácido del olor a mandarina me hace sonreír y ella cree que sonrío porque ella me hace sonreír a mí y en parte tiene razón.
El jardín bien arreglado se ha convertido en una pista de baile improvisada –o no tan improvisada, quizá los anfitriones lo habían dispuesto así- y me resulta curiosa la intimidad que ofrece un abrazo bailarín. Podemos susurrar  sin vernos la cara más que de vez en cuando, echando el cuello hacia atrás en una postura incómoda, como tratando de cerciorarnos que seguimos siendo ella y yo y que nadie ha tenido la extraña idea de intercambiarse por alguno de los dos mientras estábamos enfrascados disfrutándonos mutuamente.
No giramos. No damos vueltas ni volteretas ni realizamos movimientos complejos. Una parte de mi cerebro está dedicada a no pisar sus pies, débiles ahora que usa zapatos de tacón, y la otra parte de mi mente, la que está más o menos libre, la dedico a grabar en alguna parte de mi cerebro lo que está ocurriendo. Normalmente es más fácil recordar un suceso traumático. Tienes un accidente de coche y o bien lo recuerdas perfectamente y con horror durante noches interminables o bien tu mente lo borra por completo y sigues viviendo como si nunca hubieras estampado el auto. Los recuerdos buenos son distintos: a los dos días crees que lo recordarás toda la vida. A los dos años, no recuerdas el color del vestido, el dibujo de su sonrisa o la cantidad de compases que falló el bajista. Es fácil recordar el dolor causado por un cristal al atravesar algún tendón; atroz, posiblemente. Recordar un rostro, una boca abierta y la completa disposición de sus dientes, eso es realmente difícil.
Así que me cuestiono su existencia mientras bailamos –o lo intentamos- y accedo a que su sola presencia dote de sentido a aquel traje incómodamente cómodo y aquellas pequeñas gotitas de sudor que me molestan pero a ella no le importan. Es demasiado bonita para estar a mi vera, pero lo está. Por supuesto, he visto a mujeres más bonitas. Pero no esta clase de bonito. He visto caras objetivamente más proporcionadas, pómulos más elevados, labios más rojos y carnosos. He visto fisonomías matemáticamente más sugerentes. Pero ella es la más bonita de todas, esta noche, y no de un todas que sólo comprende las demás mujeres del baile, sino un todas que las comprende a todas en un sentido mucho más amplio.
Entonces bajo la mano, con alevosía, hacia su culazo y se lo aprieto con ternura. Con ternura porque no pretendo excitarla. Ella me conoce y me tiene confianza y simplemente me entiende sin que le diga nada: hablamos nuestro propio idioma y yo le aprieto el culo y ella no se enfada ni se excita ni se deja llevar por las convenciones sociales, sino que se ha molestado en aprender mi dialecto personal y entiende al instante que le estoy expresando ternura y entonces, ella, que es algo más convencional que yo –aunque no mucho- me abraza con fuerza y puedo sentir como sus senos se aprietan contra mi pecho y, aunque ella no lo pretendía, yo sí me excito un poco. Los hombres somos mucho más fáciles de excitar.
Recuerdo el abrazo porque está ocurriendo ahora mismo. Me rodea el cuello con ambos brazos y mi nariz roza el suyo. He dejado de apretarle el trasero y he dejado también las manos tontas. Si no sé bailar, es natural que tampoco sea el mejor abrazador del mundo. Estoy cansado, tengo sueño y la corbata me pesa pero agradezco el contacto físico y hasta me permito cerrar los ojos para sentir ligeramente más el roce de nuestras dermis.
Estamos perdidos en un mar de buenos bailarines y me asombro de la facilidad con la que pasamos desapercibidos. Estamos teniendo un momento intimísimo, mucho más que el sexo, más íntimo que la relación profesor-alumno, más íntimo que la amistad que hay entre un ciego y su perro lazarillo. Estamos rodeados por desconocidos, a la vista de cualquiera que se atreva a mirar, engarzado el uno en los brazos del otro, relampagueando y tronando completamente en silencio. Hemos formado un fuerte, una burbuja o un muro intraspasable. Estamos ella y yo y no estamos haciendo nada más que movernos al son de una música que no oímos y teniendo una conversación tácita en la que por supuesto no intervienen las palabras.
Y finalmente nos fuimos a dormir, tardísimo. Más que tarde. Realmente tarde. Y a las 11 en punto, ella se despierta y me despierta mí. Apaga la alarma, me mira con tanta ternura que casi siento un pellizco en mi nalga izquierda, y me da los buenos días de tal forma que por cojones iba a serlo. Y luego se da la vuelta y se vuelve a dormir, exhalando un pequeño suspirito que quizá se puede confundir con el rugido de una leona.
Yo dirijo la mirada hasta su figura y compruebo que las sábanas dejan al descubierto su culazo desnudo. Sacudo la cabeza como un perro lazarillo al que acabaran de duchar a traición. Me levanto y con cautela salgo, cerrando la puerta con cuidado sumo para evitar despertarla.

Al fin, enfilo el pasillo, dirección a echarla de menos.